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A sample chapter, written at B1

This is one chapter of a Spanish mystery, written at B1, shown the way TraceSpark shows it when you read. It runs 1,603 words in short, present-tense sentences. Five words are marked in the text. A learner captured those five from things they were reading in real life, before this story existed, and the scheduler decided this was the chapter to bring them back in. Nothing has been rewritten, trimmed or tidied, and the story continues past this chapter. The level is yours to set, from A1 to C2, and the prose is written to it. If you want to know whether the writing is any good, this is the page to judge it on.

The chapter is not showing yet.The chapter below is open at the level marked here, and this is where you change it. Pick a level and it opens at that level. It is the same scene at all three, written out fresh at each one, so what you are comparing is the Spanish.

Nadie firma en agosto

El expediente de agosto

Spanish (Spain), Andalusian · level set to B1 · generated

El aire dentro del Archivo Municipal huele a piedra húmeda, papel seco y cera de suelo vieja. Afuera, a las tres de la tarde, Sevilla parece un horno encendido a cuarenta y un grados. El zumbido constante de un ventilador grande de techo corta el silencio de la sala. Paula Ferreyra apoya las palmas de las manos sobre el mostrador de mármol frío, buscando un poco de alivio contra el bochorno de agosto.

Andrés Gallardo sonríe con una amabilidad imperturbable detrás del mostrador. Viste una camisa azul de manga corta, perfectamente planchada, y sostiene una carpeta de cartón amarillo entre las manos.

—A ver, Paula... —dice Andrés con voz pausada, balanceando la carpeta con delicadeza—. El documento existe, claro que sí. Si es que consta en el sistema central desde el año noventa y dos, no te voy a decir yo que no.

Paula se acomoda el bolso en el hombro. Llama a las cosas por su nombre y no comprende los rodeos.

—Si consta en el sistema, Andrés, ¿por qué no me lo entregás ahora mismo? —pregunta Paula, usando su tono más directo—. Llevo tres días consecutivos viniendo a este mostrador. Mi valija sigue a medio hacer sobre la cama del departamento en Triana. Vine únicamente a cerrar la sucesión de mi tío e irme a casa.

Andrés deja la carpeta sobre la mesa y junta las manos, inclinando ligeramente la cabeza.

—Hombre, claro, te entiendo perfectamente... Pero es que agosto es un mes muy malo en esta ciudad. El responsable de la firma, el señor Benítez, está de vacaciones en la costa hasta septiembre. Y claro, intentar soslayar el procedimiento formal sin su sello de autorización... pues imagínate, es totalmente imposible.

—No te pido que intentes soslayar nada —responde Paula, bajando el tono pero endureciendo la mirada—. Solo pido el certificado de dominio de la propiedad. La finca de mi tío no tiene deudas. Vos mismo me lo dijiste ayer por la mañana.

—Bueno, sí... pero a ver —dice Andrés, rascándose la mejilla con un gesto suave—. Ayer dije que no constaban deudas registradas. Pero es que hoy ha surgido un pequeño trámite previo en la oficina de urbanismo. Cosas del sistema, ¿sabes? Hay que coordinar con otro departamento.

Paula observa las manos de Andrés. No están temblando. Tampoco muestra nerviosismo alguno. Su cortesía es una muralla impenetrable, pulida por años de atención al público. No hay una negativa abierta en sus palabras, pero el resultado final es exactamente el mismo: nada avanza.

—¿Y ese otro departamento está abierto hoy? —inquiere Paula.

—Vaya... pues me parece a mí que han cerrado a las dos —contesta Andrés, mostrando una sonrisa apenada que parece totalmente sincera—. Pero oye, pásate mañana a primera hora y lo volvemos a mirar con calma, ¿te parece?

Paula aprieta los dientes. En Buenos Aires, un grito o una discusión directa habrían forzado una respuesta definitiva. Aquí, la educación de Andrés funciona como un amortiguador de goma que absorbe cualquier impacto.

—Mañana estaré acá a las ocho en punto —afirma ella, dando un paso atrás.

—Aquí estaré yo también, descansa un poco y disfruta de las calles, mujer —responde el funcionario, guardando la carpeta dentro de un cajón metálico con un chasquido seco.

Paula sale a la calle. El calor de la tarde golpea su rostro como una toalla caliente y pesada. Camina despacio hacia la zona del río, sintiendo que cada paso cuesta el doble de esfuerzo.

No me está diciendo la verdad. Tampoco me está mintiendo. Este tipo sabe perfectamente qué hay en ese expediente y no me lo va a dar jamás por las buenas.

El sol cae lentamente sobre el Guadalquivir, tiñendo el agua de un color dorado sucio. La ciudad se queda desierta durante horas. Nadie camina por las aceras entre las dos y las cinco de la tarde. Las persianas de los balcones permanecen completamente bajadas. Es una tétrica calma de yeso y ladrillo.

Para Paula, la única hora respirable del día llega mucho más tarde.

Son casi las tres y media de la madrugada. La noche se vuelve más ligera cuando entra una brisa mínima desde el río. Paula sale de su apartamento alquilado en el barrio de Triana y cruza el puente de Isabel II. Necesita caminar para aclarar sus ideas. El silencio de la noche se interrumpe únicamente por el zumbido de los motores de algunos taxis lejanos.

La fachada del Archivo Municipal se alza sobria y oscura en la esquina de la calle. Es un edificio antiguo de piedra clara, pegado a un anexo moderno de cristal ahumado. Casi todas las ventanas están a oscuras, como corresponde a un edificio público en pleno verano.

Sin embargo, al llegar a la esquina, Paula se detiene en seco.

En la puerta lateral de servicio hay un hombre sentado en una silla de enea rotosa. Lleva un uniforme gris gastado y enciende un cigarrillo con las manos temblorosas por la edad. Es Curro, el portero nocturno del edificio.

—Buenas noches —dice Paula, acercándose despacio por la acera de sombra.

Curro levanta la vista, protegido por una gorra oscura. Sus ojos pequeños y astutos la examinan de arriba abajo antes de soltar el humo de su cigarrillo.

—Buenas noches, muchacha —responde Curro, con una voz profunda y rasgada por el tabaco—. A ver... ¿qué hace una extranjera caminando sola a esta hora por la calle?

—No puedo dormir por el calor —contesta Paula, apoyándose en la pared de piedra—. Y tengo la cabeza llena de papeles del archivo.

Curro suelta una risilla breve y seca que termina en un leve raspeo de garganta.

—Ah, los papeles... Bueno, pues ya te habrás dado cuenta de cómo van las cosas por aquí en este mes, ¿no? En agosto no firma ni el apuntador.

—Andrés Gallardo me dijo que el expediente necesita la firma de un director que está de viaje —comenta Paula, observando la reacción del anciano.

Curro mira hacia los dos lados de la calle vacía. Luego tira la colilla al suelo y la apaga con la suela de su zapato viejo.

—Mira, argentina... Andrés es muy buen chavó, las cosas como son. No te va a levantar la voz en la vida. Pero en ese edificio nadie da un paso sin que se lo manden desde arriba. Si te están mareando de un despacho a otro, no es por falta de sellos. Es porque alguien prefiere que te canses y te vuelvas a tu tierra con la valija llena de dudas.

Paula da un paso hacia él, sintiendo un escalofrío repentino a pesar del bochorno nocturno.

—¿Quién quiere que me vaya? Mi tío era un hombre mayor que vivía solo en un departamento pequeño. No tenía dinero ni empresas.

Curro se acerca un poco más a la reja de la entrada de servicio y baja la voz hasta convertirla en un murmullo denso.

—Yo no sé lo que tenía tu tío, ni me importa... pero llevo treinta años guardando las llaves de este sitio. Y te voy a decir una cosa para que estés al loro.

El anciano levanta un dedo arrugado y señala hacia la fachada del edificio. Paula sigue la dirección de su mano. En la segunda planta, una de las ventanas del ala antigua tiene una luz encendida. Es un resplandor tenue, amarillo, que se filtra a través de las lamas de una persiana de madera.

—Ese es el despacho del archivo histórico —whispea Curro, ajustándose la gorra—. Se supone que toda esa planta está cerrada bajo llave desde el uno de agosto porque el personal está de vacaciones.

—¿Y de quién es esa luz? —pregunta Paula, sintiendo un golpeteo rápido en el pecho.

—Bueno... a mí no me pagan para hacer preguntas a los jefes —responde Curro con ironía—. Pero esa luz se enciende todas las noches exactamente a la cuatro de la madrugada. Alguien entra por la puerta trasera con su propia llave y pasa dos horas revisando legajos antiguos.

Paula contempla la ventana iluminada. La luz amarilla parece parpadear levemente, como si alguien estuviera moviéndose constantemente delante de la lámpara del escritorio.

Andrés me juró que la oficina estaba vacía. Me juró que no había nadie trabajando en el edificio durante las tardes ni las noches.

—¿Andrés tiene acceso a esa parte del edificio? —pregunta Paula sin quitar la vista de la ventana.

—Hombre, claro que sí —responde Curro, dando un paso atrás hacia la sombra de la portería—. Andrés tiene copia de todas las llaves de la segunda planta. Por eso te digo que tienes que estar al loro, muchacha. Aquí la gente no te miente a la cara, pero tampoco te va a decir la verdad ni aunque los maten. Si quieres saber qué hay en el expediente de tu tío, vas a tener que aprender a leer lo que no está escrito en los papeles.

Un ruido seco retumba en el silencio de la calle. Es el sonido de una cerradura metálica que gira con un chasquido pesado dentro del edificio.

Paula se gira rápidamente hacia la pequeña puerta de madera que da al patio interior del Archivo Municipal. La manivela de bronce de la puerta comienza a bajarse muy despacio desde el interior.

—Alguien está saliendo de ahí ahora mismo... —murmura Paula, conteniendo el aliento mientras busca con la mirada un lugar donde esconderse en la acera oscura.

Curro no dice nada más. Da dos pasos hacia atrás, entra en la cabina de la portería y apaga la luz interior, dejando a Paula completamente sola frente a la puerta que empieza a abrirse con un crujido metálico.

The five words, and where they came from

soslayar · to sidestep, to evade
Captured while reading a Spanish news article.
valija · suitcase, in Rioplatense Spanish
Captured from a message from a friend in Buenos Aires.
despacho · an office, in a formal or legal setting
Captured from a subtitle.
madrugada · the small hours, between midnight and dawn
Captured from a podcast.
estar al loro · to keep your eyes open, to stay alert
Captured from a conversation overheard in Spain.

Yours would be built from your own words, not these five, and at the level you set, not this one.

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