Las Uvas de la Discordia · Capítulo 10 de 10 · B2

El triunfo del caos y la fiesta en la plaza

Con la catedral cubierta de vino y la cabra delante de Doña Blanca, Lucas defiende ante los trescientos invitados lo que ha pasado, y la boda termina en la plaza.

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Transcripción

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El triunfo del caos y la fiesta en la plaza

El silencio denso que envolvía la nave central de la catedral se podía cortar con un cuchillo. El olor penetrante a mosto fermentado, mezclado con el aroma de la cera caliente y el incienso rancio, flotaba bajo las bóvedas de piedra. El arroyuelo de vino tinto avanzaba lentamente entre las baldosas de granito, teñido de un rojo oscuro que rodeaba los zapatos de satén de los aristócratas. En el centro del pasillo, la cabra continuaba rumiando la madera de la empuñadura con una tranquilidad pasmosa, mientras doña Blanca mantenía la mirada clavada en Lucas con una severidad que presagiaba la ruina absoluta.

—Oye, doña Blanca... [empezó Lucas dando un paso dubitativo mientras se recolocaba la solapa de la chaqueta]... Entiendo que la situación parece algo delicada a primera vista, pero si me deja explicarle la secuencia exacta de los hechos, entenderá que nada de esto ha sido por falta de profesionalidad.

—¿Delicada? —repitió la matriarca con una voz tan fría que congeló el murmullo del vecindario agrupado tras la reja exterior—. El piso sagrado de mis antepasados parece un campo de batalla tras un disparo de artillería, hay un animal royendo mi bastón y me dice que la situación es delicada.

Tomás se adelantó un paso, agitando las manos en un intento desesperado por agilizar el diálogo y suavizar la tensión del ambiente.

—Señora... [intervino el archivista ajustándose las gafas con la mano temblorosa]... Si lo piensa con frialdad, cuando salgamos a la luz del día y observemos la reacción de los invitados, constataremos que nadie está sufriendo. Los jóvenes se mueven hacia el portón sonriendo y los viejos abanicos ya no se mueven por indignación, sino por pura curiosidad. Acabo de darme cuenta de que el protocolo tradicional a veces sofoca el espíritu de las familias.

Lucas aprovechó la pausa para dar un paso al frente, alzando la voz para que sus palabras resonaran en todo el crucero de la iglesia, dirigiéndose no solo a la abuela, sino a los trescientos asistentes que contenían el aliento en las bancadas.

—¡Escúchenme todos por favor! —exclamó el organizador con una pasión desbordante que rozaba la escena teatral—. Llevamos meses intentando construir una boda perfecta dentro de unas normas cerradas que ya no representan a nadie. Nos hemos obsesionado por mantener un orden impecable, gastando fortunas en un protocolo que ahoga el cariño sincero. Pero es que el amor no se determina mediante un contrato ni se guarda en una vitrina de museo. El novio original y la hermana de la novia se dieron cuenta anoche de que estaban enamorados de verdad. Si hubiéramos forzado el matrimonio oficial por salvar las apariencias, habríamos cometido un crimen contra el juicio de la razón.

Doña Blanca pestañeo lentamente, observando el rostro sudoroso pero extrañamente firme del organizador. Lucas no retrocedió.

—Si tuviera que volver a elegir entre una ceremonia fría y este glorioso desastre [continuó Lucas señalando el velo de encaje belga que aún colgaba de los cuernos de la cabra], volvería a elegir este descontrol. Esta pequeña comedia de equivocaciones ha salvado a cuatro personas de una vida de mentiras. Cuando llegues a la vejez, doña Blanca, lo único que queda no es la vajilla intacta, sino el recuerdo de los momentos en que decidimos dejarse llevar por la vida real.

Un murmullo tenso corrió por los bancos. Un aristócrata mayor, el president del club náutico de la provincia, comenzó a dar palmadas lentas desde la tercera fila. En pocos segundos, varios jóvenes de la alta sociedad se unieron al aplauso, contagiando al resto del templo hasta convertir el espacio sacro en una atronadora ovación.

Doña Blanca permaneció inmóvil. Bajó los ojos hacia la cabra, que acababa de soltar la madera de su bastón para mirar fijamente a la matriarca. De repente, una pequeña arruga se dibujó en la comisura de los labios de la anciana. La rigidez de su rostro se desmoronó por completo, dando paso a una sonrisa amarga pero profundamente humana.

—Venga ya... [suspiró la anciana negando con la cabeza mientras se soltaba el botón del cuello]... Resulta que ahora este muchacho nos va a dar una lección sobre cómo se manejan los sentimientos.

_Madre mía de mi vida..._ —pensó doña Blanca contemplando las manchas de uva sobre el mármol histórico mientras sentía una extraña calidez en el pecho—. _Llevo cuarenta años sosteniendo la reputación de esta familia como si fuera un trofeo de caza sobre la chimenea. Mi marido me dijo que las apariencias eran lo único que importaba en esta comarca, y yo me volví una mujer implacable para proteger a los míos. Cuando conocí a este organizador de bodas tan alocado, creí que era un simple estafador sin formación alguna. Pero al ver cómo defiende la felicidad de mis nietos frente a trescientos aristócratas estirados, me doy cuenta de que tiene más agallas que todos mis primos juntos. Si me hubiera atrevido yo a romper las reglas cuando era joven, tal vez no habría pasado media vida encarcelada en un papel tan amargo. Mi nieta ha tenido la valentía de fugarse por amor y este chalado ha tenido la audacia de cubrirla. No voy a castigar una inyección de vida tan sincera. Si la boda tradicional ha saltado por los aires, pues que empiece la fiesta de verdad._

Lucas contenía la respiración desde el pasillo central, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con la fuerza de un tambor.

_Es que estoy jugando con fuego a un nivel insostenible..._ —reflexionó el organizador mientras buscaba con la mirada la ventanilla del coro para verificar que la música no se hubiera detenido por completo—. _Un paso más en falso y esta abuela pide mi extradición inmediata a cualquier país lejano. Me jugué todo el aprendizaje de mi carrera a una sola carta, convencido de que en el fondo de ese pecho de piedra había una mujer capaz de emocionarse. Tomás me advirtió de que el juicio de la aristocracia local no perdona los errores, pero es que yo no podía permitir que dos parejas se arruinaran la existencia por miedo al qué dirán. Si salimos de esta vivos, juro que no vuelvo a falsificar un vino de cosecha en mi vida. Mi intuición me dice que la abuela se estará debatiendo entre matarme o invitarme a un chato de vino, pero la forma en que mira a la cabra me da una pequeña esperanza._

Tomás, a su lado, observaba la escena con una mezcla de pánico académico y absoluta admiración.

_A ver, es que este tío es un peligro público, las cosas como son..._ —pensó el archivista ajustándose el cuello de la camisa húmeda por el sudor—. _Cualquier otra persona habría inventado una excusa médica y habría huido por la puerta trasera. Pero Lucas se ha plantado ante la matriarca más temida de la región y le ha dicho la verdad a la cara. Yo pasé diez años encerrado entre legajos buscando datos históricos, pensando que la vida real estaba en los libros viejos, pero este desastre me ha demostrado que la verdadera historia se escribe con decisiones valientes. Me dijo que necesitaba mi ayuda para la formación de una excusa convincente, y resulta que hemos terminado transformando una tragedia social en una revolución. Si la anciana cede ahora, este día pasará a los anales del municipio como la mayor victoria del sentido común sobre el protocolo._

Doña Blanca dio dos golpecitos secos con su bastón contra el suelo, reclamando la atención inmediata de la sala.

—Señor organizador —dijo la matriarca con tono autoritario pero con los ojos chispeantes—. Dado que el templo ha quedado inutilizado para el culto por culpa de la botánica y el alcohol contrabandista, declaro suspendida la misa formal.

Un ahogado exclamation de sorpresa recorrió las naves de la catedral.

—Sin embargo —continuó doña Blanca alzando una mano enguantada para calmar el revuelo—, no tengo intención de suspender la celebración. No habiendo iglesia disponible, y pudiendo celebrar el amor en cualquier parte, ordeno que todos los presentes salgan inmediatamente a la plaza. Vamos a transformar este evento en un festín público e inclusivo donde los pobladores del casco histórico puedan unirse a nosotros.

La anciana miró a los mozos que observaban desde la puerta.

—Ustedes dos, lleven las barricas que no hayan explotado al centro de la fuente pública. Y traigan queso, pan y jamón serrano para todo el mundo. ¡Hoy la sobremesa durará hasta que se ponga el sol!

La multitud estalló en vítores y aplausos entusiasmados. Los invitados comenzaron a abandonar los bancos de roble, despojándose de las pamelas incómodas y las chaquetas calurosas para encaminarse hacia la salida. La catedral se llenó de un murmullo jubiloso mientras la luz dorada del mediodía invadía el crucero.

Minutos más tarde, la plaza mayor del pueblo era una auténtica fiesta popular. Una charanga emergente de jóvenes locales tocaba ritmos festivos en una esquina, mientras las mesas de madera se alineaban bajo los soportales de la plaza. Los novios verdaderos, agarrados de la mano y sonriendo abiertamente, conversaban sin miedo con los invitados. El novio original y la hermana de la novia, atracción que se notaba que estaban atraídos sexualmente desde hacía meses pero que nadie se atrevía a constatar, brindaban con vasos de cristal sencillos bajo el toldo de la terraza.

Doña Blanca presidía la mesa principal, disfrutando de la larga conversación posterior a la comida que se alargaba sin prisa. A su lado, la cabra reposaba tranquilamente a la sombra de un naranjo, masticando felizmente unas flores de azahar.

Lucas y Tomás se acercaron a la mesa principal, llevando dos copas de la mezcla secreta que milagrosamente había sobrevivido en una jarra de barro.

—Doña Blanca... [dijo Lucas con una reverencia cómplice]... Le confirmo que la fiesta es todo un éxito y que el vecindario completo está felicitando a la familia por su generosidad.

La abuela tomó la copa, la olió con atención y miró al organizador con una ceja levantada.

—Señor Lucas... —dijo la anciana antes de dar un sorbo pausado—. Este vino tiene una fusión muy extraña. Sabe a taberna barata con un toque de tomillo salvaje.

Tomás tragó saliva, pero doña Blanca esbozó una sonrisa picante.

—Y sin embargo —añadió la matriarca guiñando un ojo—, tengo que confesar que es el mejor caldo que he probado en años. Tiene más carácter que los caballos de mi difunto marido y mucha más gracia que la alta sociedad de la capital.

Lucas miró a Tomás y dejó escapar un suspiro de alivio absoluto.

—¿A que sí, doña Blanca? —respondió el organizador guiñando el ojo a su socio archivista—. Se lo dije desde el principio: los mejores eventos son los que no se pueden planificar.

De repente, la cabra se levantó despacio, caminó hacia el centro de la mesa y, con una precisión quirúrgica, se comió de un solo bocado el cheque de pago que doña Blanca acababa de firmar para la empresa de eventos. Lucas se quedó petrificado con la boca abierta mientras Tomás soltaba una carcajada incontrolable que resonó por toda la plaza.

Palabras de este capítulo

Una palabra cuenta cuando aparece en el texto del capítulo, también en plural o conjugada. Solo cuentan palabras y expresiones, no los temas de gramática ni de cultura.

Vuelven (10)

el cariño
Vuelve del cap. 1
la mirada
Vuelve del cap. 1
el silencio
Vuelve del cap. 1
la ventanilla
Vuelve del cap. 1
el aprendizaje
Vuelve del cap. 2
de repente
Vuelve del cap. 2
la formación
Vuelve del cap. 2
el juicio
Vuelve del cap. 2
el recuerdo
Vuelve del cap. 2
el vecindario
Vuelve del cap. 2

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