Esta historia y esta voz están generadas por inteligencia artificial.
El festín de la sospecha
El bronce de las campanas de Santa María retumbó sobre los tejados de arcilla, ahogando por un segundo el fragor matutino del casco antiguo. A esa hora punta, las terrazas de la plaza de la catedral vibraban con el chocar constante de las tazas de café, el ronroneo de los motores de las furgonetas de reparto y los murmullos acalorados de la típica tertulia entre los vecinos. Lucas irrumpió en el empedrado a paso ligero, sorteando mesas con una libreta prensada contra el pecho y la corbata visiblemente descolocada.
—Oye, es que si tuviera cinco minutos más de margen, no iría tan desquiciado —refunfuñó Lucas, reajustándose el reloj de pulsera mientras se abría paso entre los transeúntes—. Pero bueno, este compromiso no admite fallos.
Su agencia de eventos no solo planificaba bodas; organizan bodas para la altísima sociedad, y este acontecimiento debía marcar un antes y un después en su carrera. Las familias aristocráticas no perdonaban el mínimo desliz, y mucho menos en el corazón histórico de la ciudad. El plazo para ultimar los detalles expiraba en cuestión de horas. Según la costumbre local, los preparativos principales debían estar cerrados antes de mediodía para evitar el sofocante calor estival.
Lucas aceleró el ritmo hacia el portal lateral de la nave central, mirando obsesivamente hacia la ventanilla de información parroquial. Nada. Ni un alma.
—¿Dónde demonios se ha metido este hombre? —murmuró para sí mismo—. Estará esperando dentro de la sacristía, supongo... No tendrá la cara dura de dormirse hoy.
Un retraso a estas alturas sería fatal. Para colmo, el chofer de la familia aún no había descargado el equipaje oficial de los novios, que acumulaba trajes de gala traídos en exclusiva desde Milán, produciendo una tensión insoportable en el equipo de protocolo.
Al llegar a las escalinatas de piedra, donde las floristas colocaban margaritas en un puesto ambulante, Lucas frenó en seco. Justo al lado del arco gótico, apoyada contra una columna de granito, descansaba una voluminosa caja de madera de roble sin pulir. La caja lucía el sello semicircular de un viñedo clandestino del sur, sin etiqueta fiscal ni registro sanitario.
—Venga ya... —suspiró Lucas, acercándose al cajón con pánico creciente—. ¿Qué hace esto aquí?
—¿Busca usted al joven Javier, señor? —preguntó una florista desde el mostrador, mientras cortaba un tallo seco con precisión quirúrgica.
—Hombre, pues claro —respondió Lucas, echando un vistazo nervioso al cajón—. Dijimos que estaría aquí a las diez en punto. Nosotras... bueno, mi equipo y yo, teníamos fijada la cita para revisar la decoración. ¿Ha visto algún indicio de él?
—Por lo visto, bajó de un taxi a toda prisa —comentó la mujer encogiéndose de hombros—. Llevaba un aspecto rarísimo, como si hubiera visto a un fantasma en un acuario. Dejó esa madera ahí y echó a correr hacia las callejuelas.
Lucas palideció. Si aquel cajón contenía lo que él sospechaba, una partida ilegal de vino de fermentación casera, la factura del escándalo sumiría a su empresa en el fracaso más absoluto. Un paso en falso y todo el esfuerzo volaría por los aires.
—Es un engaño... tiene que ser una broma —masculló Lucas, sacando el teléfono móvil con dedos temblorosos—. Si Javier me cogiera el teléfono, le diría cuatro cosas bien dichas.
El terminal sonaba y sonaba sin obtener respuesta. A lo lejos, el tintineo metálico de un bastón de empuñadura de plata contra el suelo de piedra anunció la peor de las pesadillas. Al girar la esquina del claustro, liderada por un séquito de sobrinas e invitados ilustres, apareció Doña Blanca. La matriarca vestía con una elegancia sobria, luciendo prendas de tejidos nobles y una postura rígida que parecía sacada de una estatua cinematográfica. Se reunieron hace solo tres días para coordinar las flores, y Lucas recordaba perfectamente la fría advertencia que la mujer le había dedicado al oído: ningún error sería tolerado.
Doña Blanca avanzaba despacio pero con paso firme, atrayendo las miradas respetuosas de quienes disfrutaban de su tertulia matutina en los bares adyacentes.
—Oye, Lucas... [dijo Doña Blanca con voz pausada y helada, deteniéndose a dos metros de las escalinatas] ¿Se puede saber qué hace esa mugre en la entrada principal del templo?
—¡Doña Blanca! Qué alegría verla tan temprano —exclamó Lucas, forzando su mejor sonrisa comercial mientras tapaba la caja con su propio cuerpo—. Es... es solo un trámite técnico. Un desecho de los carpinteros que vinieron a restaurar el sotocoro. Ya he pedido que se lleven la basura inmediatamente.
La anciana frunció el ceño, apoyando ambas manos sobre la cabeza de su bastón. Sus ojos oscuros escanearon la plaza con la tenacidad de quienes pumas acorralan a su presa.
—A mí no me vengan con cuentos infantiles —sentenció la matriarca con tono tajante—. El estatuto de esta archicofradía exige pulcritud absoluta. Treinta minutos faltan para que comiencen a llegar las autoridades. Una empresa multinacional que se precie de profesionalismo no dejaría estos trastos tirados en la vía pública.
—Claro, por supuesto, tiene usted toda la razón —asintió Lucas rápidamente, sintiendo que un gota de sudor le resbalaba por el cuello—. Si la cuadrilla estuviera aquí ya, la caja habría desaparecido hace media hora. Pero ha habido un pequeño desajuste logístico...
—¿Y el novio? —interrumpió ella, clavando su mirada en los ojos del organizador—. ¿Dónde está mi nieto? Supongo que estará repasando sus votos en el altar, ¿no?
Lucas traga saliva en seco. La tensión en el aire se podía cortar con un hilo invisible.
—Eh... pues... seguro que estará en el camerino secundario, Doña Blanca —improvisó él, alzando las cejas con falsa naturalidad—. Tendrá algún apuro de última hora con los gemelos del puño o la corbata. Ya sabe cómo son los jóvenes con el protocolo moderno...
[Lucas da un pequeño paso hacia la derecha para bloquear una marca sospechosa en la madera de la caja]
_Esta mujer no perdona ni medio tropiezo_ —pensó Lucas, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. _Si supiera la mitad de lo que pasa aquí, me crucificaría en medio de la plaza sin pestañear. Estará pensando que los jóvenes de hoy no tenemos remedio, ¿a que sí? Pero es que detrás de esa mirada de acero habrá un miedo terrible al qué dirán, a perder el prestigio de su apellido o a que la herencia familiar quede en entredicho ante toda la ciudad. Si pudiera hacer desaparecer esta caja con la pura fuerza de la mente, lo haría ahora mismo. Si no encuentro a Javier antes de diez minutos, la vergüenza va a ser monumental._
Doña Blanca no se movió ni un milímetro. Echó la cabeza hacia atrás, analizando el rostro de Lucas con detenimiento.
—Javier renunció a sus vacaciones la semana pasada solo para tener todo a punto —comentó la matriarca, bajando levemente el tono de voz pero manteniendo la frialdad—. Él desea que esta ceremonia sea perfecta. Y mi familia no ha invertido tanto cariño en esta unión para que un chaval despistado arruine la meta de todo un año. ¿Entendido?
—Loud and clear... digo, perfectamente entendido, Doña Blanca —respondió Lucas, conteniendo un escalofrío—. Todo sigue un cauce razonable. No hay motivo para la alarma.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. Justo en ese instante de tenso silencio, desde el interior de la caja de madera brotó un chasquido sordo, seguido de una gota fina de líquido oscuro que comenzó a filtrarse por una de las junturas inferiores, impregnando la piedra de las escalinatas con un penetrante aroma a uva fermentada y especias clandestinas.
Doña Blanca dio un paso adelante, levantando la vista hacia el tejado con desconfianza.
—¿Qué es ese olor? —inquirió la anciana, arrugando la nariz con evidente disgusto—. Huele como a la taberna de Lola, la del callejón del fondo.
—¡Ah, eso! —exclamó Lucas, levantando la voz más de la cuenta para amortiguar otro chasquido interno—. Es... es una esencia aromática especial. Un tratamiento botánico para los tejidos de los manteles del altar. Nos dieron muestras gratuitas en la feria de bodas y... bueno, las continuaron probando los sacristanes para espantar a las palomas.
—¿Muestras gratuitas que huelen a cazalla y a mosto rancio? —preguntó Doña Blanca con sarcasmo mortífero—. Mire, jovenzuelo, el evento queda suspendido de inmediato si yo veo la más mínima irregularidad. Un congresista importante de la capital viene de camino y no pienso permitir que la reputación familiar penda de una cuerda floja por sus negligencias.
—¡Le aseguro que no pende de ningún sitio! —protestó Lucas, agitando las manos desesperadamente—. ¡Todo está bajo control! Es más, el hallazgo de esta fragancia fue recomendado por los mejores especialistas del sector.
En ese preciso momento, un muchacho joven con gorra de repartidor bajó corriendo las escaleras del campanario, tropieza con el último escalón y se agarra a la barbandilla para no caerse.
—¡Señor Lucas! —gritó el joven a pleno pulmón, sin percatarse de la presencia de Doña Blanca—. ¡El novio no está arriba! ¡Pero hemos encontrado la puerta de la cripta abierta y hay una cabra royendo el pergamino del mapa de asientos!
El silencio que siguió a la revelación fue tan denso que hasta el trino de los gorriones en los aleros pareció detenerse de golpe. Doña Blanca miró al repartidor, luego miró a Lucas y, finalmente, clavó la punta de su bastón justo en el centro del charco de vino tinto que avanzaba lentamente hacia sus zapatos de piel.
—Oye, Lucas... [murmuró la matriarca con una calma aterradora, entornando los ojos] ¿A que sí que me vas a explicar ahora mismo qué tipo de botánico requiere una cabra en la cripta?
Lucas miró al cielo, luego al charco de vino, y dejó escapar un largo e inútil suspiro.
—Pues... verán usted, Doña Blanca —balbuceó Lucas, esbozando una sonrisa desencajada—, por lo visto... es la última tendencia en bodas rústicas.
