Las Uvas de la Discordia · Capítulo 8 de 10 · B2

El cambiazo de los novios

Lucas y Tomás alcanzan en la estación al novio y a la hermana de la novia, y Lucas intenta poner a cada uno en su sitio antes del banquete sin que Doña Blanca se entere.

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El cambiazo de los novios

El estruendo vaporoso de la locomotora retumbó contra las vigas de hierro de la estación central, ahogando por completo los pregones de los vendedores de prensa y el chirrido incesante de las maletas sobre las baldosas. El humo denso fluía por las naves góticas mientras el reloj del vestíbulo marcaba las doce en punto. Tras el sofocante incidente en el archivo municipal, Lucas y Tomás acababan de llegar a los andenes a todo trapo, esquivando a los transeúntes con saltos acrobáticos para localizar al novio a la fuga.

Lucas se detuvo junto a las taquillas, respirando con dificultad mientras se ajustaba la corbata descolocada.

—A ver, Tomás... [dijo Lucas secándose el sudor del cuello con un pañuelo arrugado]... ¿Estás seguro de que la hermana de la novia compró los billetes para el tren regional? Porque como se nos escapen ahora, el banquete de esta noche va a ser una masacre.

Tomás miraba fijamente hacia el fondo del vestíbulo, ajustándose las gafas mientras el eco metálico de la megafonía anunciaba las salidas con cierto retraso.

—Oye, que me lo confirmó el jefe de estación hace cinco minutos —replicó el archivista con un gesto impaciente—. Me dijo que los dos acaban de pedir pasajes en la ventanilla para una aldea perdida de la sierra. Míralos, ahí están, detrás de esa columna de hierro.

En efecto, acurrucados junto a un cartel publicitario, el novio y la hermana menor de la novia discutían en susurros angustiados. Ella llevaba puesta una pamela enorme para no ser reconocida por el vecindario, mientras él sostenía dos billetes de segunda clase con dedos temblorosos.

Lucas avanzó a zancadas, interceptándolos justo cuando los revisores se disponían a validar los pasajes.

—¡Ni se os ocurra subir a ese vagón! —exclamó Lucas interponiéndose entre la pareja y la puerta del tren—. Les juro que si doña Blanca no los ve sentados a la mesa durante el ensayo del banquete, envía a la Guardia Civil antes de la cena.

El novio dio un paso atrás, poniéndose inmediatamente a la defensiva mientras la joven apretaba su bolso contra el pecho.

—Mira, Lucas... [protestó el novio con la voz entrecortada]... Fue un error monumental. Anoche nos encontramos en el callejón por pura casualidad y una cosa llevó a la otra. Si vuelvo a la catedral para casarme con su hermana, voy a arruinar mi vida por completo.

—Venga ya, hombre, no me cuentes tu vida ahora —interrumpió Lucas cruzando los brazos—. No lo hagas peor de lo que ya es. Se alquilan autobuses de invitados cada diez minutos y la prensa local está esperando en la plaza. Necesito a alguien que sepa mantener la calma durante dos horas para organizar un cambiazo discreto antes de que sirvan el primer plato.

—¿Un cambiazo? —preguntó la hermana frunciendo el ceño—. ¿Pero cómo pretendes meter a mi hermana de vuelta en el ensayo sin que la matriarca se dé cuenta?

—Tranquila —intervino Tomás sacando un cuaderno de notas—. Le di las instrucciones exactas a la novia oficial hace un rato. Ella está esperándonos en la sucursal del almacén de flores, escondida entre las rosas. Aunque la situación sea disparatada, es el único modo de evitar que la familia entera pierda el juicio.

Lucas agarró al novio por la solapa de la chaqueta y comenzó a arrastrarlo hacia la salida de la estación.

—Escuchadme bien los dos —ordenó Lucas mientras caminaban a paso ligero por las calles empedradas—. Por el camino os explicaré el plan. Para que la operación funcione, no podéis dejar ninguna huella que llame la atención de los ancianos de la familia.

_Madre mía de mi vida..._ —pensó Lucas observando las fachadas señoriales del casco antiguo mientras el sol de mediodía apretaba sin compasión—. _Si la matriarca se entera de que intercepté a estos dos en el andén, me envía directamente al paredón protocolario. Cualquier otro organizador de eventos se habría lavado las manos o habría huido a otra provincia para no tener que dar explicaciones. Es verdad que mi trabajo requiere una formación impecable para gestionar crisis, pero meter a la novia verdadera por la puerta de las cocinas mientras distraigo a los comensales va a ser una proeza. Si no fuera por el cariño que le tengo al negocio, jamás habría aceptado semejante humillación. Como doña Blanca sospeche algo raro, la reunión se convierte en una batalla campal en cuestión de segundos._

Tomás caminaba junto a ellos, mirando fijamente la fachada del restaurante privado donde los invitados vip ya comenzaban a congregarse bajo los toldos de terciopelo.

_A ver, es que este plan de Lucas es una locura absoluta..._ —reflexionó el archivista, sintiendo cómo el estómago se le encogía al ver llegar a los coches de época—. _Si alguien le hubiera dicho a la familia que este matrimonio pendía de un hilo por culpa de un despiste nocturno, la boda se habría cancelado la semana pasada. Pero claro, Lucas prefiere escalar el nivel de dramatismo hasta límites ridículos antes que admitir un fracaso. Le prometió a la abuela un evento perfecto y ahora está arriesgándolo todo por mantener una apariencia absurda. Me pregunto cuánto tiempo aguantará la estructura de este sainete antes de derrumbarse por completo._

Llegaron a la parte trasera del histórico patio interior del restaurante, donde los mozos de equipaje transportaban cajas de vajilla fina y los cocineros trabajaban a destajo entre las brasas de los fogones. El aroma a almendras tostadas y carne asada impregnaba el aire caluroso.

—Escucha, Tomás —susurró Lucas señalando el portón de servicio—. Necesito que entres por ahí y localices a monseñor antes de que empiece la bendición de la mesa. Dile que el novio está ultimando unos detalles de la ceremonia en el vestidor.

—Está bien, pero date prisa —respondió Tomás—. Se escuchan rumores de que la matriarca está investigando la utilización del salón lateral. Si ve a los dos novios juntos antes de tiempo, el escándalo se desata.

Lucas empujó suavemente al novio hacia el interior del pasadizo de piedra, donde la novia verdadera —cubierta con un manto de seda prestado— esperaba nerviosa junto a los barriles de roble.

—¡Por fin llegáis! —exclamó la novia oficial al verlos aparecer—. Pensaba que no volvías a aparecer, Lucas. Mi hermana casi me arruina la vida por un arrebato romántico de última hora.

—A ver, no te pongas a la defensiva ahora —dijo Lucas alzando las manos para calmar los ánimos—. Lo importante es que el hallazgo de vuestro paradero en la estación ha sido un éxito. Ahora, cambiemos las chaquetas y las mantillas rápidamente. La entrada de los novios finaliza en cinco minutos.

Con movimientos ágiles y desesperados, Lucas logró intercambiar a las dos hermanas detrás de un biombo de madera tallada. La hermana menor fue escoltada hacia la salida lateral por un camarero de confianza, mientras la novia legítima se arreglaba el peinado frente a un espejo desgastado.

De repente, la puerta del pasillo se abrió de golpe y la imponente figura de doña Blanca apareció bajo el dintel, luciendo un vestido de encaje azul y una mirada que helaba la sangre.

—¿Se puede saber qué hace el novio escondido en las cocinas a estas horas? —preguntó la matriarca clavando su bastón contra el suelo—. Los invitados de honor ya asisten a la recepción en el claustro y monseñor aguarda para el brindis.

Lucas reaccionó al instante, poniéndose entre la anciana y la pareja con una sonrisa radiantemente falsa.

—¡Hombre, doña Blanca! —exclamó Lucas abriendo los brazos—. Estábamos ajustando el tamaño de los anillos de compromiso. Ya sabe lo perfeccionista que es su linaje con estos ritos. Queríamos asegurar un resultado óptimo para la sesión de fotos de la velada.

La anciana frunció los labios, evaluando la escena con atención despiadada mientras se escuchaba el tintineo de las copas de cristal en el salón principal.

—Espero que no haya ningún inconveniente de última hora con el protocolo —declaró la mujer entornando los ojos—. Me comentaron en el vecindario que se vio a su ayudante corriendo hacia la estación de trenes hace una hora. No me gustaría pensar que intentaban meter a personas no autorizadas en nuestro santuario familiar.

—Para nada, señora —aseguró Lucas guiñándole un ojo a la novia—. Su ayudante solo fue a recoger un documento urgente que se nos quedó olvidado en la oficina. No pienses que dejamos los detalles al azar. Se sirven los aperitivos de inmediato y todo el mundo disfrutará de una fiesta inolvidable.

—Más le vale, administrador —sentenció doña Blanca dando media vuelta con severidad aristocrática—. Si este banquete no sale según lo previsto, personalmente me encargaré de que su empresa no vuelva a trabajar en esta provincia.

Cuando los pasos de la matriarca se alejaron hacia el gran comedor, Lucas dejó escapar un largo suspiro de alivio, apoyando la espalda contra la pared de piedra húmeda.

—Madre mía... [murmuró Lucas limpiándose las gotas de sudor de la frente]... Por un pelo no nos pillan con las manos en la masa.

Tomás reapareció por el pasadizo, limpiándose las gafas con la manga de la chaqueta mientras observaba el intercambio final con sarcasmo.

—Oye, Lucas... [dijo el archivista negando con la cabeza]... Has conseguido dar el cambiazo justo a tiempo, pero no cantes victoria todavía. A la larga, sostener esta farsa durante el resto de la noche va a ser un aprendizaje bastante doloroso.

—¿Tú crees? —rió Lucas recuperando su energía contagiosa mientras tomaba una copa de cava de una bandeja pasante—. Míralos allá fuera. Los novios reales coinciden ahora en la mesa presidencial como si nada hubiera pasado, los invitados aplauden y la abuela sonríe complacida. Es la magia del directo, mi querido Tomás.

—Sí, claro, muy bonito todo —replicó Tomás señalando hacia el claustro central—. Pero se te ha olvidado un pequeño detalle.

—¿Qué detalle? —preguntó el organizador arqueando una ceja.

—El pastor del pueblo de al lado acaba de entrar por la puerta principal —dijo Tomás con una sonrisa irónica—. Y trae a la cabra del santuario agarrada de la cuerda porque dice que se comió las tarjetas exclusivas con la ideología del discurso de bienvenida.

Lucas se atragantó con el primer sorbo de cava, mirando horrorizado cómo el animal, luciendo aún restos del velo de novia enganchados en los cuernos, avanzaba decididamente hacia la mesa presidencial donde doña Blanca se disponía a encender las velas principales.

—¡Que no cunda el pánico! —gritó Lucas echando a correr tras la cabra mientras el silencio de la alta sociedad se transformaba en un murmullo de absoluto estupor—. ¡Esto es una actuación televisiva de teatro callejero para dinamizar el banquete! ¡No se mueva nadie!

Tomás se apoyó relajadamente contra la columna de granito, observando la persecución descontrolada mientras los camareros intentaban proteger la tarta nupcial.

—Madre mía de mi vida... —suspiró el archivista guardando el bolígrafo en el bolsillo—. _A este paso, la boda de los Fernández de Córdova va a terminar en los libros de historia, pero no precisamente por la pureza de sus uvas._

Palabras de este capítulo

Una palabra cuenta cuando aparece en el texto del capítulo, también en plural o conjugada. Solo cuentan palabras y expresiones, no los temas de gramática ni de cultura.

Vuelven (18)

el cariño
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 10
el compromiso
Vuelve del cap. 1
el equipaje
Vuelve del cap. 1
el fracaso
Vuelve del cap. 1
el hallazgo
Vuelve del cap. 1
la mirada
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 9
el retraso
Vuelve del cap. 1
el silencio
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 9
la ventanilla
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 10
a la larga
Vuelve del cap. 2
la aldea
Vuelve del cap. 2
el aprendizaje
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 10
de repente
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 9
la formación
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 10
la huella
Vuelve del cap. 2
el juicio
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 10
la sucursal
Vuelve del cap. 2
el vecindario
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 10

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