Las Uvas de la Discordia · Capítulo 9 de 10 · B2

Estallidos en la cripta y cuernos en el altar

Mientras Lucas y Tomás persiguen a la cabra por la catedral llena de invitados, el calor empieza a hacer estallar las botellas de vino escondidas en la cripta.

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Transcripción

Esta historia y esta voz están generadas por inteligencia artificial.

Estallidos en la cripta y cuernos en el altar

El eco metálico de las campanas de la catedral retumbó contra las bóvedas de piedra, ahogando por un instante el murmullo de los trescientos invitados que abarrotaban los bancos de roble. Un bochorno asfixiante descendía desde los ventanales más altos, cargado de aroma a incienso rancio, cera derretida y almendras tostadas de la plaza. En el pasillo lateral, bajo la penumbra de las capillas azules, la madera crujía con fuerza mientras dos figuras humanas intentaban desesperadamente acorralar una sombra de cuatro patas.

—¡Oye, Tomás, cierra esa puerta antes de que salga al pasillo central! —susurró Lucas [desesperado, secándose el sudor con la manga].

—A ver, Lucas... [protestó Tomás ajustándose las gafas mientras esquivaba un taburete]... Llevo veinte minutos persiguiendo a este bicho por todo el transepto y es mucho más rápido de lo que parece. Se nota que no le gusta el sonido del órgano.

La cabra, con el velo de encaje catedralicio enganchado entre las espirales de los cuernos, se detuvo un segundo en un rincón solitario del deambulatorio. Masticaba con absoluta parsimonia las tarjetas impresas del menú vip mientras los dos hombres se aproximaban a paso lento, aplicando la máxima precaución para no forzar una estampida.

—Cuidado, no la asustes —murmuró Lucas alzando las manos en actitud apaciguadora—. Mira cómo tiene la mirada. Un desastre de este calibre es lo único que nos faltaba para coronar la mañana. Si doña Blanca la ve masticando la lista de bodegas recomendadas, el destino va a ser cruel con nosotros.

—Es que esto roza la locura pura —replicó Tomás sin quitarle ojo al animal—. Esta cabra muestra una militancia feroz contra cualquier atisbo de etiqueta aristocrática. Los novios reales están listos en la sacristía, la abuela ya ha tomado asiento en primera fila y nosotros estamos aquí actuando como si fuéramos nominados al trofeo del caos municipal.

—Tranquilo, hombre —dijo Lucas intentando coger el extremo del encaje blanco sin hacer movimientos bruscos—. Esta crisis no es peor que la de la estación. La energía de este sol de mediodía no es precisamente renovable dentro del templo, y el calor está apretando de lo lindo. Necesitamos esconder al animal en la nave baja mientras se celebra el noviazgo. Las sombras de las columnas facilitan que pase desapercibida diez minutos más.

De repente, un crujido sordo resopló desde el suelo de mármol. Justo debajo de sus pies, en la cripta subterránea del siglo XVI, el anonimato del lote contrabandista de vino estaba a punto de saltar por los aires. El ambiente caluroso del mediodía había convertido el sótano medieval en un horno sofocante, elevando la presión de los caldos artesanales hasta límites insostenibles.

—Oye... ¿has oído eso? —preguntó Tomás frunciendo el ceño y mirando hacia las rejillas de bronce del suelo.

—Será la corriente de aire —respondió Lucas con ligereza, dando un paso cauteloso—. O el eco de los monaguillos en la antesala. Se sabe que esta catedral tiene una acústica rarísima.

—Que no, pesado, que retumba abajo —insistió el archivista agachándose sobre la piedra húmeda—. Oigo los tapones de corcho saltando contra las bóvedas de los abuelos de la novia. Se escuchan chasquidos secos.

_Madre mía de mi vida..._ —pensó Lucas sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal mientras observaba el altar mayor lleno de arreglos florales—. _Llevo dos horas intentando que nada falle y ahora resulta que el sótano es una bomba de relojería. Tomás es listo, las cosas como son, y sabe de sobra que esas botellas ilícitas eran la mayor amenaza para el evento. Si la abuela se entera de que metimos cajas ilegales bajo las tumbas de sus antepasados, la reacción va a ser de una gravedad generalizada. Yo quería que todo fuera perfecto, que la matriarca me felicitara por la organización y que el banquete se recordara durante años por su elegancia. Pero es que sostener esta mentira es cada vez peor. Me he pasado la vida aplicando parches a los problemas ajenos, pero este descontrol de hoy roza lo psicológico. Si salimos vivos de esta, juro que me dedico a organizar eventos en un polideportivo abandonado donde no haya ni abuelas implacables ni vinos viejos._

Tomás permaneció en silencio unos instantes, observando la cara de pánico de su compañero mientras el murmullo de los invitados aumentaba al otro lado del muro.

_A ver, es que este Lucas está loco de remate, pero hay que reconocer que tiene un mérito tremendo..._ —reflexionó el archivista, tocando la piedra caliente del suelo con la palma de la mano—. _Cualquier otro profesional habría salido huyendo hacia el tren tras la primera fuga del novio. Yo sospechaba que el plan del cambiazo era una metedura de pata monumental, pero de algún modo el tío consiguió que los novios legítimos estén ahora sentados en la sacristía. Me pidió que estuviera con él para echarle una mano con la historia del viñedo, pero jamás me imaginé persiguiendo animales con ropa de domingo. En el fondo, me da pena el desgaste que lleva encima. Se nota que está sufriendo por dentro, aunque intente poner esa sonrisa de comercial confiado. Si no fuera porque los peligros de esta boda nos están uniendo de una forma insólita, ya le habría dejado tirado junto al coro._

Un estampido seco retumbó desde la rejilla del suelo. *¡PUM!*

Un chorro espeso de vino tinto fermentado brotó en vertical por los orificios del bronce ornamentado, alcanzando dos metros de altura y rociando los faldones de encaje de los candelabros más próximos.

—¡Madre mía! —gritó Tomás dando un salto hacia atrás [aterrorizado, señalando el geiser de uva]—. ¡Las botellas están explotando abajo por el calor!

—¡Pero qué dices! —exclamó Lucas intentando tapar la Rejilla con la suela del zapato—. ¡No me digas que se han roto todas!

Un segundo estallido, mucho más fuerte que el primero, hizo vibrar las losas funerarias de la nave lateral. *¡PUM!* *¡CRAC!* El vapor alcohólico y el aroma a frutos negros embriagaron el aire santo, mientras un líquido denso y oscuro comenzaba a filtrarse por las junturas del pavimento de granito.

Los mozos de carga, que aguardaban en la puerta con camisetas húmedas por la humedad del mediodía, se asomaron con los ojos desorbitados.

—¡Señor organizador! —advirtió uno de ellos apuntando con el dedo—. ¡Los vapores del vino están subiendo por el conducto del órgano!

La temperatura en la cripta ya no era la óptima para contener la presión de las cosechas sin sellar. El destierro del aire fresco y la falta de un sistema medioambiental adecuado habían transformado el escondite de la bodega en un campo de minas de cristal.

Asustada por las detonaciones subterráneas, la cabra soltó un balido ensordecedor: **¡Meeeee!**

El animal dio un salto acrobático sobre el facistol de madera, esquivando a Tomás con una agilidad pasmosa y enfilando directamente la gran alfombra roja que dividía la nave central en dos mitades perfectas.

—¡Agárrala! —chilló Lucas echando a correr tras ella—. ¡Que no llegue al crucero!

Pero ya era demasiado tarde. La cabra, luciendo el velo blanco con la dignidad de una reina gótica y arrastrando los restos de las tarjetas de confirmación en la boca, irrumpió en el pasillo principal a paso de marcha militar justo cuando la marcha nupcial comenzaba a resonar desde las alturas del coro.

El silencio que siguió al ataque de la cabra fue abrumador.

Los trescientos comensales de la alta sociedad local, ataviados con chisteras, pamelas enormes y vestidos de seda, se giraron al unísono. Vi a los aristócratas abriendo los ojos como platos. Vi a los jóvenes conteniendo la risa detrás de sus abanicos. Vi a los monaguillos persignándose con gesto incrédulo ante la procesión cuadrúpeda.

En primera fila, doña Blanca se levantó despacio, apoyando sus dos manos enguantadas sobre la empuñadura de plata del bastón. Su vestido azul noche brillaba bajo la luz dorada de la tarde, pero su rostro reflejaba una severidad absoluta, capaz de congelar el agua bendita del pilón.

La cabra trotó hasta detenerse a escasos centímetros de la matriarca. Se plantó frente a ella, meneó la cola con soltura y escupió pacíficamente a los pies de la anciana el último pedazo del menú de la discordia.

Lucas y Tomás aparecieron por el fondo del pasillo, jadeando, despeinados y con las chaquetas manchadas de vino tinto que salpicaba desde la rejilla del deambulatorio.

—Bueno... [dijo Lucas alzando la voz con una sonrisa temblorosa mientras se arreglaba el nudo de la corbata]... A ver, doña Blanca... Básicamente, esta es la sorpresa que teníamos preparada para dinamizar la entrada de los novios antes de coger las copas del brindis.

La anciana miró la cabra, miró el encaje del velo destruido, miró las manchas rojas que avanzaban por las baldosas de sus antepasados y clavó su mirada sobre el organizador.

—Señor administrador... —articuló doña Blanca con un tono de voz que hizo temblar las vidrieras remotas—. ¿Me puede explicar qué hace el patrimonio histórico de mi familia cubierto de mosto contrabandista y escoltado por un animal de granja?

Tomás dio un paso adelante, intentando salvar la situación con su porte académico más sobrio.

—Señora... [intervino el archivista limpiándose las gafas con elegancia]... Las leyes vigentes del municipio nos advierten de que las tradiciones más antiguas de la comarca incluían la bendición de los frutos de la tierra mediante elementos simbólicos. Es verdad que las familias modernas prefieren ceremonias convencionales, pero valió la pena arriesgarse para rendir homenaje a la historia real del viñedo. No deberíamos nombrar este incidente como un error, sino como un retorno a los orígenes.

Doña Blanca entornó los ojos, midiendo las palabras del archivista mientras el estallido final de una última botella bajo el suelo hizo retumbar los bancos con la potencia de un cañonazo. *¡BOOM!* Un aroma inconfundible a alcohol de alta graduación inundó el altar mayor, confirmando que si los novios no salían victoriosos de esta ceremonia, los organizadores serían metafóricamente asesinados por la crítica social de la provincia al día siguiente.

La matriarca bajó la mirada hacia la cabra, que acababa de empezar a rumiar la solapa de su propio bastón aristocrático. Por un instante, el tiempo pareció detenerse en la catedral de San Jerónimo.

—A ver... [dijo doña Blanca apretando los labios antes de dejar escapar un suspiro devastador]... ¿Me están diciendo que este calvario de vino explotando y fauna descontrolada forma parte de la tarifa prémium que contraté con su empresa?

Lucas miró a Tomás, tragó saliva con dificultad y respondió con la mejor de sus sonrisas:

—¿A que sí, doña Blanca? Y espere a ver la salida, porque el arroz de colores viene con música de charanga en directo.

Palabras de este capítulo

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