Las Uvas de la Discordia · Capítulo 2 de 10 · B2

El refugio de los pergaminos

Lucas esconde la caja de vino en el archivo municipal y convence a Tomás, un archivista que no quiere líos, de que le ayude justo cuando Doña Blanca decide bajar a la cripta.

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Transcripción

Esta historia y esta voz están generadas por inteligencia artificial.

El refugio de los pergaminos

El eco sordo del bastón de Doña Blanca contra los adoquines húmedos sonó como un veredicto inapelable. En el ambiente del casco antiguo se mezclaba el aroma tostado de las garrapiñadas de un puesto callejero con el tufillo agrio del vino clandestino que continuaba filtrándose de la caja de roble. Lucas sintió un sudor frío recorriéndole la nuca mientras las palabras del repartidor aún flotaban en el aire. La matriarca lo observaba con la espalda erguida, inmóvil ante la escalinata, mientras un campanario lejano anunciaba que los preparativos oficiales comenzarán en cuestión de minutos.

—A ver... [dijo Lucas, forzando una carcajada estridente mientras se colocaba delante de la mancha tétrica de la madera] Es que... bueno, doña Blanca, este chico es nuevo y se ha hecho un lío tremendo.

—¿Un lío? —replicó Doña Blanca, arqueando una ceja poblada mientras clavaba la vista en los zapatos del joven—. Oye, Lucas, que no nací ayer. Mi sobrino me advirtió de que tu agencia rozaba la catástrofe, pero esto supera cualquier límite.

—¡Para nada! —exclamó Lucas, agitando las manos en un gesto teatral de relajación que no engañaba a nadie—. Acabo de revisar la agenda y le aseguro que todo sigue un orden impecable. El uso de animales rústicos es... bueno, una técnica de purificación espacial. Y lo del novio es un malentendido menor. Habría sido un error imperdonable no avisarla, pero acabo de enterarme de que Javier estaba en la nave contigua coordinando el cultivo de las orquídeas para el altar principal.

Doña Blanca dio un paso al frente, haciendo sonar la empuñadura de plata de su bastón.

—Pues escucha bien una cosa —murmuró la anciana con tono remarcado y tajante—. Si ese chico no aparece impecable antes del mediodía, el divorcio de tu empresa con el protocolo de esta ciudad será absoluto. Mi familia exige solemnidad, no esta procesión de despropósitos.

Sin falta, doña Blanca, sin falta —aseguró Lucas, haciendo una reverencia excesiva—. Vaya usted hacia el claustro alto, por favor. Allá las damas expresan sus dudas sobre la colocación de los manteles y necesitan su buen juicio. Yo me encargo de despejar la entrada inmediatamente.

La matriarca lo midió con la mirada durante tres agónicos segundos antes de darse la vuelta, sus faldas de seda negra crujiendo sobre la piedra mientras avanzaba hacia el patio de los naranjos. En cuanto la anciana desapareció tras el arco románico, Lucas dejó caer la máscara de profesionalismo. Echó una carrera desesperada hacia la caja de madera, se agachó y la levantó en vilo lanzando un gemido de puro esfuerzo físico. El cargamento pesaba una tonelada y los costados de la madera astillada amenazaban con reventar sus puños.

Sorteó una furgoneta que maniobraba entre los carriles estrechos del callejón lateral y se empotró contra la puerta de madera maciza del Archivo Histórico Municipal. Empujó el portón con la cadera y entró trompicando en el recinto penumbroso. El aire olía a papel viejo, cera de abejas y a la humedad milenaria de los muros de contención de la catedral.

Al fondo de la sala, iluminado únicamente por la luz azulada que proyectaba la pantalla de su ordenador, un hombre de unos cuarenta años ordenaba legajos medievales con parsimonia casi sagrada. Tomás vestía un chaleco de lana gris y lucía unos anteojos redondos ajustados al puente de la nariz. Levantó la vista despacio, mostrando una mueca de profundo hastío.

—Oye, pero ¿se puede saber qué haces irrumpiendo así? —protestó Tomás, apartando bruscamente un mapa topográfico para que el cajón no lo aplastara—. Esto no es un almacén de logística, es un espacio protegido.

—¡Tomás, por lo que más quieras, ayúdame! —suplicó Lucas, soltando el cajón sobre una mesa auxiliar con un golpe seco que hizo retumbar los tinteros—. Acabo de salvar la vida por tres segundos. Necesito esconder esto aquí diez minutos. Solo diez.

—Venga ya... —refunfuñó el archivista, rodeando el mueble con los brazos cruzados—. Ni hablar. Vuelvo a repetir lo que te dije la semana pasada cuando quisiste meter tres cajas de fuegos artificiales en la sacristía: mi trabajo exige silencio, orden y rigor. ¿Qué leches es esa basura que gotea?

—Es... vino. Bueno, fermentaciones artesanales de alta graduación —admitió Lucas atropelladamente, pasándose la manga por la frente empapada de sudor—. Un favor personal para el novio. Si Doña Blanca ve esto, se acaba la boda, mi carrera y el contrato de mi vida. Habría preferido gestionar la boda de un rey en medio de la selva antes que lidiar con esta matriarca, te lo juro.

Tomás examinó el sello de la madera, reconociendo al instante el emblema semicircular.

—Pero si esto es caldo ilegal del valle sur —dijo el historiador, ajustándose las gafas con cierto asombro—. Madre mía, esto es una trampa mortal para cualquier evento oficial. ¿Es que no sabíamos todos ya de qué pie cojea esa familia? Si la abuela descubre este brebaje, el drama en el barrio va a ser de época.

—Por eso mismo te lo pido, como amigo, como vecino, ¡como testigo de mi desesperación! —insistió Lucas, agarrando a Tomás por los hombros con una mezcla de pánico y ternura desesperada—. Si me dejas guardarlo detrás de las estanterías del siglo dieciséis, prometo pagarte las cañas durante un año entero. Es un logro mutuo si conseguimos que la boda salga bien. Pensaba que el madrugón de hoy sería el único obstáculo, pero esto es un infierno.

Tomás miró el techo alto, donde las vigas de roble cruzaban la bóveda. De repente, el sonido de los taconazos de Doña Blanca volvió a resonar en la galería exterior, acercándose peligrosamente a la verja del archivo.

_Este chico es la definición andante del caos_ —pensó Tomás, sintiendo cómo un tic nervioso le temblaba en el párpado izquierdo—. _Acababa de conseguir diez minutos de relajación para terminar el catálogo del viñedo histórico y ahora me mete en un lío monumental. Si la abuela entra aquí y ve a este demente goteando mosto sobre los manuscritos del siglo quince, la culpa recaerá sobre mí. Estará pensando que los empleados públicos no tenemos disciplina, ¿a que sí? Pero es que la formación de toda mi vida no sirve de nada si este impresentable termina arruinando la jornada. A la larga, ponerme firme me habría ahorrado este dolor de cabeza, pero si no colaboro ahora, el escándalo salpicará a toda la institución._

—Escucha, nena... esto es una locura informativa —murmuró Tomás, señalando con el dedo el hueco oscuro detrás de un archivador metálico—. Mételo ahí dentro y no vuelvas a tocar nada de la sección de documentos históricos. ¿Entendido?

—¡Eres un ángel! —susurró Lucas, arrastrando la caja hasta el rincón sin hacer ruido—. Mira, el ahorro de disgustos que nos hacemos no tiene precio. Este rincón tiene la ventaja de ser invisible desde la puerta principal.

Mientras tanto, en la penumbra del pasillo, la figura de Doña Blanca se recortó contra el marco de granito. La matriarca no llevaba a sus sobrinas consigo esta vez; caminaba sola, sosteniendo una hoja informativa que llevaba el sello del archivo diocesano.

—¿Se puede? —inquirió la anciana con voz de trueno, entrando en la estancia sin esperar respuesta—. Ah, Tomás... Me alegro de verte en tu puesto. Acabo de recordar que el contrato de donación de la finca familiar tiene algunas deficiencias en las cláusulas administrativas. Necesito que saques el protocolo antiguo inmediatamente.

Tomás dio un salto en su silla, disimulando el temblor de sus manos mientras abría un cajón lleno de fichas impresas.

—Buenas tardes, doña Blanca —saludó el archivista, intentando empatar la frialdad de la mujer con un tono profesional—. Justo estábamos... esto... revisando una encuesta sobre las concentraciones de humedad en los sotanillos del templo.

—¿Estábais? —repitió Doña Blanca, clavando su mirada de halcón en Lucas, que permanecía apoyado sobre la estantería con una sonrisa congelada—. ¿Qué hace este muchacho de eventos en la sección de fondos antiguos? ¿No tenías tú una boda que salvar, jovenzuelo?

Lucas se recolocó la corbata con dedos torpes.

—Es que... bueno, doña Blanca, como la boda se celebra en un entorno tan histórico, estaba solicitando a Tomás una breve reseña sobre la huella cultural de su familia en el vecindario —improvisó Lucas sobre la marcha, guiñándole un ojo a Tomás de forma desastrosa—. Un detalle lírico para incluirlo en las lecturas de la misa. Genial, ¿verdad?

—Hum... —refunfuñó la mujer, inspeccionando el suelo de losas con la punta del bastón—. No necesito literatura barata de su sucursal de festejos. Lo que necesito son pruebas sólidas de que el documento de propiedad está finalizado de acuerdo con la ley. Y por cierto... ¿de dónde sale ese pestazo a bodega que inunda este despacho?

Lucas y Tomás cruzaron una mirada cargada de pánico puro.

—Serán las humedades de los lagos subterráneos de la cripta, doña Blanca —respondió Tomás rápidamente, sacando una carpeta llena de polvo para desviar la atención—. A veces los vapores suben por los conductos de ventilación. Habría sido mejor ventilar esta mañana, pero la puerta trasera está bloqueada.

—Pues no me parece una explicación aceptable —sentenció la matriarca, dando un golpe seco con su bastón—. Si las deficiencias del edificio amenazan los manuscritos de la aldea, me encargaré personalmente de que las autoridades lleven a cabo una inspección completa. Es más... voy a bajar ahora mismo a las criptas a comprobar el estado de las tumbas de mis antepasados.

Lucas sintió que las piernas le flaqueaban. La imagen de la cabra royendo el plano de asientos justo en medio de los sarcófagos familiares se proyectó en su mente con la claridad de una pesadilla en alta definición.

—¡No! ¡Quiero decir... espere! —interrumpió Lucas, dando un paso al frente para cortar el paso a la anciana—. Es decir... doña Blanca, acaban de decirme que las escaleras de la izquierda están en obras. Volví a revisar el informe del arquitecto esta mañana y... bueno, la piedra está resbaladiza por culpa de unos aceites de restauración. Podría sufrir usted un accidente terrible.

La anciana se detuvo a medio metro del organizador, entornando los ojos con sospecha creciente.

—Mire, chico, cumpla usted con su trabajo y déjeme el mío a mí —dijo la abuela con frialdad—. Si el suelo está resbaladizo, me agarraré al brazo de Tomás. Tomás, ven conmigo ahora mismo a la cripta y trae la linterna grande.

Tomás tragó saliva, mirando desesperadamente a Lucas, cuya cabeza echaba humo buscando una salida imposible.

_Si esta mujer baja a la cripta y se encuentra a la cabra engullendo los pergaminos con el velo puesto_ —pensó Lucas, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—, _la vergüenza va a ser tan ultra gigante que hasta en la capital van a hablar del fiasco de este barrio. Vuelvo a estar entre la espada y la pared por culpa de un novio a la fuga y un cargamento de vinos ilegales. Habría preferido cualquier cosa antes que este callejón sin salida. Tengo que inventarme un aprendizaje milagroso de protocolo en tres segundos o este recuerdo me perseguirá hasta la tumba._

—¡Un momento! —gritó Lucas, interponiéndose entre Doña Blanca y la puerta con los brazos abiertos en cruz—. ¡No pueden bajar solos! El protocolo exige que el organizador de la boda guíe a la matriarca en todo momento para garantizar su seguridad y la conservación del patrimonio. ¡Yo mismo les abriré paso!

Doña Blanca miró a Lucas de arriba abajo, luego miró a Tomás, y finalmente dejó escapar un suspiro que sonó como el silbido de una serpiente.

—Está bien —accedió la mujer, ajustándose el broche del cuello—. Pero como vea una sola mota de polvo fuera de su sitio o el menor indicio de desorden en las criptas familiares, les prometo a los dos que las consecuencias llevarán a sus empresas directamente a la quiebra.

—Iremos por las escaleras de las izquierdas, que están más despejadas —propuso Tomás con voz temblorosa, tomando un manojo de llaves de hierro del perchero mientras buscaba la mirada de Lucas.

—Perfecto —asintió Lucas, esbozando una sonrisa desencajada que revelaba todos sus dientes—. Un paseo por las tumbas familiares a mediodía... ¿A que sí que es el toque de distinción que toda gran boda necesita?

Tomás apagó la pantalla de su ordenador, suspiró profundamente y se colocó al lado de Doña Blanca, musitando para sus adentros mientras los tres avanzaban hacia la penumbra del pasillo subterráneo:

—Venga ya... [susurró el archivista, ajustándose las gafas mientras escuchaban el lejano y sospechoso balido de una cabra retumbando tras la puerta de la cripta] si salimos vivos de esta, me vas a tener que pagar el sueldo de todo un año, Lucas.

Palabras de este capítulo

Una palabra cuenta cuando aparece en el texto del capítulo, también en plural o conjugada. Solo cuentan palabras y expresiones, no los temas de gramática ni de cultura.

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sin falta
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la sucursal
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la ternura
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el testigo
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la trampa
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el vecindario
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la ventaja
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