Esta historia y esta voz están generadas por inteligencia artificial.
Cartas secretas y noches de confusión
El eco de los campanarios barrocos retumbó en la plaza de San Javier, marcando las diez y media de la mañana en punto. Abajo, en el umbral de la cripta, el bullicio del casco antiguo ya era un hervidero ruidoso: camiones de reparto frenando sobre el adoquín húmedo, el tintineo de las tazas de café en las terrazas vecinas y los cánticos mañaneros que ensayaba el coro local desde la nave central de la catedral. Doña Blanca de la Vega sostenía el bastón suspendido en el aire, con la mirada fija en las losas salpicadas de yeso blanco.
—Mire, doña Blanca... [dijo Tomás interponiéndose con soltura calculated, sosteniendo una carpeta de cuero sobado] es que si se queda aquí abajo, el polvo de la bóveda le va a estropear ese mantón tan maravilloso. Le propongo que subamos un momento a mi despacho de la municipalidad. Me ha llegado un documento antiguo sobre los derechos de su familia que deberías revisar con calma antes del mediodía.
La matriarca entornó los ojos, midiendo la postura del archivista antes de asentir con una frialdad glacial.
—Está bien, jovenzuelo —repuso la anciana, dando media vuelta con un crujido de enaguas—. Pero que conste que ese cuadrúpedo se parece drásticamente a la fauna del mercado central y no me gustan las bromas. Si no aclaramos esto, me voy a imponerse en la alcaldía para reclamar una indemnización por daños a las tumbas de mis antepasados.
Lucas suspiró con alivio contenido mientras veía la silueta rígida de la mujer desaparecer por la escalera de caracol. Minutos después, tras dejar a la anciana bajo la custodia de dos asistentes en el patio principal, Tomás y Lucas se encerraron en la oficina del archivo histórico. La estancia, inundada por una luz dorada que entraba a través de los ventanales de madera, olía a papel viejo, café recién molido y cera de abeja. Afuera, el murmullo de la zona peatonal amortiguaba el traqueteo de las motocicletas.
—Oye, pero ¿se puede saber qué querías demostrando semejante espectáculo ahí abajo? —preguntó Tomás irritado, arrojando su manojo de llaves sobre la mesa de nogal—. Llevo dos horas aguantando sus desplantes y casi nos descubre la madera rancia. Si esta mujer descubre el montaje, mi trabajo en el puesto público se va directo a la basura.
—Venga ya, Tomás, que ha salido perfecto —contestó Lucas con una sonrisa nerviosa, dejándose caer en la silla de cuero raspado—. El truco de la tradición ancestral ha funcionado. Pero a ver, que tenemos un problema de verdad mucho más gordo entre manos.
—¿Otro más? —protestó el archivista, abriendo un cajón metálico con un chasquido seco—. Como no esté listo el informe de la propiedad antes de la misa, me da un ataque.
—Es que el novio no aparece por ninguna parte —confesó el organizador, frotándose la frente con fuerza—. Lleva tres horas sin responder al teléfono. Pensaba que estaría durmiendo en el hotel de la urbanización nueva, pero he enviado al chofer y la habitación está vacía. Su ropa sigue colgada en el armario.
Tomás se quedó congelado con un legajo del siglo diecisiete entre los dedos.
—¿Cómo que no está? —murmuró, entrecerrando los ojos—. Si lo vi saliendo de la taberna del centro anoche a eso de las dos. Iba con una chaqueta de color azul marino bastante elegante y parecía estar bastante tocado por el vino.
—Pues me dio la impresión de que tramaba algo —agregó Lucas, incorporándose de golpe—. Pensé que se trataba de un simple ataque de pánico previo a la ceremonia. Pero es que la novia tampoco me coge las llamadas.
El archivista revolvió entre varios sobres amarillentos que reposaban junto a una cafetera humeante. Sacó un montón de notas manuscritas sobre papel de estraza, atadas con una gomilla elástica de color rojo.
—A ver... [dijo Tomás, ajustándose las gafas redondas sobre el puente de la nariz] esto me lo entregó el sereno esta madrugada cuando cerraron las puertas del casco histórico. Dijo que se las encontró tiradas cerca del pasaje del canario, justo detrás de la plaza de la leña. Me pidió que les echara un vistazo por si tenían algún valor institucional, porque aquí se guarda cualquier papel con historia.
—¿Y qué tienen de especial unas notas de la calle? —inquirió Lucas, echándose hacia adelante.
—Pues que tienen el sello del hotel donde se hospeda la familia de la novia —explicó Tomás, desatando el paquete con torpeza—. Si tuviera tiempo, te las leería todas, pero basta con mirar las últimas tres líneas. Me dijo el guardia que vio a dos personas discutiendo a oscuras en el callejón. Supuso que sería un engaño amoroso de medianoche o alguna chiquillada, porque en este pueblo se vive bien pero las cotilleos vuelan rápidamente.
Lucas cogió la primera nota con manos temblorosas. La caligrafía, trazada con tinta estilográfica negra, era rápida e inestable.
_«No puedo seguir con este trámite oficial. Mi corazón no tolera esta falacia. Espérame en la esquina de la fuente a las dos y media. Si vinieras sola, nos iríamos lejos de aquí antes de que amanezca.»_
—Madre mía... —musitó Lucas, sintiendo cómo el estómago se le caía al suelo—. Esta letra es de Mateo, el novio. Conozco su firma de haber cerrado la factura del catering de la boda. Pero... oye, que esto no tiene sentido. Si la carta era para la novia, ¿por qué estaba tirada en el suelo del callejón?
—Lee la segunda —dijo Tomás, señalando un papel arrugado con manchas que olían a miel y azahar.
_«Querido Mateo, la niebla está demasiado densa en las travesías negras de la zona vieja. Te busco entre las esquinas pero solo veo sombras. Mi hermana sigue durmiendo en el cuarto principal, ajena a todo. Si llegas a la puerta del arco antes que yo, sal sin mirar atrás.»_
Un silencio denso se apoderó de la sala del archivo. Fuera, el campanario volvió a tocar el carillón, seguido por el chillido de las gaviotas que sobrevolaban el tejado de la catedral.
_Venga ya..._ —pensó Lucas en silencio, apretando los dientes mientras una sudor frío le cubría la nuca—. _Esto es una pesadilla psicológica de nivel mega. Si Mateo se ha fugado con la hermana de la novia, esto no es solo un fracaso profesional, es una catástrofe familiar que va a dinamitar tres generaciones. Yo llevo meses intentando diseñar un evento perfecto para que esta gente no se mate en la mesa presidencial, y resulta que los protagonistas se han dedicado a cruzar notas secretas en mitad de la noche. Mi reputación como organizador estelar se va a quedar drásticamente reducida a cero en cuanto Doña Blanca descubra esta locura._
Tomás observaba los gestos desencajados de Lucas con una mezcla de lástima y sarcasmo.
_A ver..._ —meditó el archivista, apoyando la espalda en la estantería de roble—. _Este chico es impulsivo y bastante ruidoso, pero hay que reconocer que no es mala persona. Se nota que tiene la cabeza llena de miedos sobre su futuro laboral y teme que la agencia lo despida si la boda se va al traste. Sin embargo, no se da cuenta de cómo la presión social influye en determinadas personas de pueblo pequeño. Mateo no soportaba el peso de la tradición de Doña Blanca y ha buscado la salida más absurda posible. Los psicólogos tendrían trabajo para tres años con esta familia._
—Oye, Tomás... [dijo Lucas con la voz quebrada, mirando el mapa del casco antiguo colgado en la pared] dime que estoy entendiendo esto mal. Dime que esto no significa que el novio se ha escapado con la cuñada.
—Pues a ver... [respondió el archivista cruzándose de brazos] si sumamos la nota del pasaje, el testimonio del guardia y las huellas de barro cerca de la estación de autobuses, la cosa está clarísima. Se metió en un lío monumental. El novio se cita a oscuras en un callejón sin luz, confunde las siluetas por culpa de la niebla, o peor aún, llevaba semanas planeando esta huida con la hermana en secreto.
—¡Es que esto es un trío dramático de zarzuela! —exclamó Lucas llevándose las manos a la cabeza—. Si Doña Blanca se entera de que la hermana menor se ha fugado con el prometido de la mayor, no solo nos cancela el evento, es que manda quemar el pueblo entero. ¡Nos habrán vendido la moto de que era una boda de cuento de hadas y resulta que era una comedia de enredo!
—Bueno, cálmate un poco —le aconsejó Tomás, sirviendo un chorro de café en una taza de cerámica blanca—. Se supone que el organizador de eventos tiene que mantener la serenidad en los momentos críticos. Si yo me pusiera así cada vez que encuentro un documento falsificado del siglo catorce, habría dimitido hace diez años.
—¿Que me calme? —gritó Lucas en un susurro histérico—. ¡Que la ceremonia empieza en dos horas y media! La novia de verdad estará en su suite probándose el velo de encaje sin saber que su prometido estará a cincuenta kilómetros de aquí en un autobús de línea. ¿Qué hago yo ahora cuando llegue la comitiva?
—Lo que deberías hacer —apuntó Tomás con tono cáustico— es buscar la verdad antes de que la matriarca se entere de que la boda se ha suspendido de facto. Mira, el sereno me dijo que los vio subir hacia la zona alta del pueblo, por el camino que lleva a las bodegas viejas. Si salimos ahora mismo por la puerta trasera de la municipalidad, podemos interceptar las pistas antes de que la familia sospeche nada.
Lucas miró a Tomás con los ojos muy abiertos, asombrado por la repentina iniciativa del archivista.
—¿Me estás diciendo que me vas a ayudar a buscar al novio prófugo? —preguntó Lucas, atónito—. ¿Tú, que odias las aglomeraciones y la gente entusiasta?
—No lo hago por ti, no te hagas ilusiones —aclaró Tomás, señalando el montón de papeles con el dedo—. Si la ceremonia no se celebra de forma ordenada, Doña Blanca exigirá una auditoría completa de los archivos para reclamar las tierras del viñedo. Y si esa mujer mete las narices en mis estanterías, descubrirá que el contrato del siglo dieciséis tiene más trampas que una película de piratas. Mi puesto depende de que esa boda se celebre, aunque sea con un muñeco de cera en la nave central.
—Eres un pragmático sin corazón, Tomás... —admitió Lucas, esbozando una sonrisa torpe mientras se abotonaba la chaqueta—. Pero eres lo único que me separa del abismo.
—A ver, pues muévete —ordenó el archivista, cogiendo su abrigo de paño gris de la perchero de la entrada—. Vamos a tener que recorrer la zona peatonal en dirección al mirador antes de que la anciana termine su consulta con el secretario. Y como te vea corriendo como un loco por las escaleras de piedra, te juro que me vuelvo al despacho y dejo que Doña Blanca te alimento a la cabra.
Los dos hombres salieron a toda prisa por la puerta lateral del archivo, descendiendo por un callejón empinado donde el sol matutino apenas lograba colar sus rayos entre los balcones llenos de geranios. A lo lejos, el rugido de la megafonía municipal anunciaba el inicio de los preparativos para la fiesta patronal, mezclándose con el tañido incesante de las campanas del templo.
Mientras cruzaban el pasaje de la fuente, esquivando a un grupo de turistas que tomaban fotografías a los escudos de piedra, Lucas se detuvo en seco frente a un portalón de madera carcomida. En la ceniza del suelo, junto a un charco de agua estancada, yacía un segundo pañuelo de seda azul con las iniciales de la hermana de la novia grabadas en hilo dorado, abandonado al lado de una maleta de cuero que alguien había intentado esconder detrás de un contenedor.
—Oye, Tomás... [susurró Lucas apuntando al suelo con el zapato] me parece que el engaño es mucho más intimo y confuso de lo que pensábamos.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Tomás girándose bruscamente.
—Porque la maleta no está vacía —respondió el organizador levantando la tapa de cuero—. Y adentro no hay ropa de viaje, sino las dos botellas de vino de reserva de Doña Blanca que habían desaparecido de la nave central anoche.
Tomás se ajustó las gafas una vez más, mirando al fondo del pasaje oscuro donde las sombras del casco antiguo parecían reírse de la tragedia que estaba a punto de estallar en la catedral.
