Las Uvas de la Discordia · Capítulo 3 de 10 · B2

Sombras, cuernos y listas devoradas

Doña Blanca inspecciona la cripta con Lucas y Tomás, y la cabra del barrio se cuela detrás de ellos y empieza a comerse el plano de asientos de la boda.

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Transcripción

Esta historia y esta voz están generadas por inteligencia artificial.

Sombras, cuernos y listas devoradas

El chasquido metálico del manojo de llaves en manos de Tomás retumbó contra los muros de piedra húmeda mientras descendían por la escalera de caracol. En la penumbra de la cripta, el olor a incienso rancio se mezclaba con el aire frío de los subterráneos. Doña Blanca de la Vega y Rivera encabeza el grupo con paso firme, haciendo resonar el regatón de plata de su bastón sobre cada peldaño de granito con una precisión militar.

—A ver, jovenzuelo... [dijo Doña Blanca, deteniéndose en el descansillo mientras clavaba su mirada en Lucas] me han dicho que las familias distinguidas de esta villa siempre exigían una inspección previa de los sarcófagos. Es lo mínimo para conservar la dignidad de nuestro apellido.

—Por supuesto, doña Blanca, faltaría más —respondió Lucas, conteniendo un temblor en las manos mientras intentaba ocultar el temblor de sus hombros—. Le aseguro que el protocolo exige que todo esté en perfecto orden. Aunque la iluminación sea un poco deficiente por las obras, los detalles se aprecian perfectamente.

—Oye, que no me llames de tú, que no hemos comido juntos —interrumpió la matriarca con tono gélido, recolocándose el mantón de encaje—. En mi época se mantenían las distancias. Nada de confianzas ni de andar dando dos besos a las primeras de cambio a alguien que ostenta los dos apellidos más antiguos del enclave.

—Disculpe usted, doña Blanca, ha sido la costumbre del momento —se disculpó Lucas rápidamente, haciendo una reverencia torpe que rozó el ridículo.

Tomás, un paso más atrás, ajustaba sus anteojos redondos mientras sostenía una linterna pesada. El halo azulado de la luz iluminaba los arcos ojivales donde se conservan las sepulturas de los antiguos regidores. La sombra de la anciana se proyectaba gigante contra los bloques de granito, creando visiones grotescas en las bóvedas de crucería.

_Venga ya..._ —pensó Tomás, sintiendo cómo el estómago se le encogía en un nudo de pura pánico—. _Si esta mujer se acerca dos metros más a la capilla lateral, descubrirá el cargamento de vino embargado que los obreros dejaron amontonado junto al muro. Le dije a Lucas que necesitábamos un espacio que estuviera limpio de sospechas, pero este chico actúa por puro impulso. Habría sido mil veces mejor negarme desde el principio, porque esta improvisación constante compromete mi puesto en el archivo. La menor sospecha de fraude y la cancelación de mi contrato será un hecho consumado._

—A ver, Tomás... [ordenó la anciana, haciendo un gesto con la mano enguantada] muéstrame el documento original de la conmemoración de mil seiscientos doce. Mi abuelo me aseguró que los derechos de sepultura nos pertenecían por completo.

—Sí, claro, doña Blanca —improvisó el archivista, dando un paso adelante para tapar el ángulo de visión de la puerta de madera—. Le di las copias certificadas a su abogado la semana pasada, pero puedo buscar la carpeta oficial en los estantes superiores si lo desea.

Mientras Tomás intentaba ganar tiempo desplegando un plano amarillento sobre una cornisa de piedra, Lucas retrocedió con disimulo dos pasos hacia el pasaje interior. Su intención era cerrar la verja que comunicaba el patio de los naranjos con el crucero subterráneo, pero en su prisa, tropezó con una de las cuerdas que sostenían un andamio de restauración.

El trinquete de hierro cedió con un chasquido seco. La pesada puerta de roble que daba al patio exterior se abrió sin hacer ruido, dejando al descubierto el ramal de vegetación que rodeaba el corral de los antiguos canónigos. Y allí, recortada contra la luz matutina de la plaza, apareció una silueta de cuernos retorcidos y mirada desafiante.

La famosa cabra del barrio, un animal de pelaje pardo conocido entre los vecinos por su insaciable apetito y sus picos de agresividad impredecible, olfateó el aire frío de la cripta. Atraída por el aroma dulzón de las flores secas y la humedad del mosto que aún impregnaba la chaqueta de Lucas, la criatura cruzó el umbral sin emitir un solo balido.

—Mira, Tomás... [susurró Lucas con el rostro completamente pálido, apoyándose contra la pared con las uñas clavadas en la piedra] no te muevas. No hagas ningún gesto brusco.

—¿Qué dices ahora? —refunfuñó Tomás sin volver la cabeza, concentrado en simular una lectura atenta del mapa medieval—. No me distraigas mientras intento convencer a esta mujer de que todo está bajo control.

—Es que... bueno, hay un pequeño contratiempo de cuatro patas detrás de la columna —musitó el organizador de eventos, tragando saliva con dificultad.

Tomás giró el cuello muy despacio. La cabra avanzaba hacia el altar de lectura donde Lucas había colocado cuidadosamente el plano general con la distribución de los asientos de los invitados. Era una lámina de papel de hilo hecha a mano, remató con caligrafía en tinta dorada y lazos de seda azul. El animal estiró el cuello, husmeó la cinta decorativa y, con una parsimonia casi humana, comenzó a masticar la esquina superior donde figuraba la mesa presidencial.

_Oye, que esto tiene que ser una pesadilla de mal gusto_ —reflexionó Lucas en silencio, apretando los puños hasta que las nudillos se le pusieron blancos—. _Llevo tres semanas preparando esa distribución para que los tíos de la novia no se sienten cerca de los primos del novio. Si esa bestia se come la lista, la mediación entre los dos bandos de la familia va a ser imposible. Mi reputación como el profesional que evita desastres quedará reducida a cenizas en cuanto empiece el banquete. Tendría que haber evitado que el animal entrara, pero con Doña Blanca a dos metros, cualquier movimiento en falso provocará una catástrofe de dimensiones bíblicas._

—¿Pasa algo ahí atrás, muchachos? —preguntó Doña Blanca con voz inquisitiva, girándose bruscamente con el bastón en alto—. Notó una corriente de aire impropia de una construcción de esta calidad.

—¡Nada en absoluto, doña Blanca! —exclamó Lucas, interponiéndose entre la anciana y la columna central con una sonrisa congelada—. Es solo... bueno, un proceso de regeneración de la bóveda. Los arquitectos son muy exigentes con la ventilación de los cimientos.

—Pues no me gusta este olor —sentenció la matriarca, dando un paso hacia la capilla lateral donde la cabra continuaba engullendo con entusiasmo la lista de los tíos segundos—. Se parece sospechosamente al pestazo de los establos del valle.

Tomás avanzó hacia Lucas con la linterna temblando en su mano izquierda.

—Oye, pero ¿se puede saber qué hace este bicho aquí dentro? —siseó el archivista entre dientes, manteniendo el volumen en un murmullo imperceptible—. Como se coma los legajos del siglo dieciséis, te juro que te denuncio ante el Ministerio de Cultura.

—No lo sé, se ha colado por la puerta del patio —susurró Lucas desesperado, haciendo gestos con la mano para intentar asustar al animal sin emitir sonido—. Busca a alguien que sepa tratar con ganado o estamos perdidos. ¡Intenta distraer a la abuela!

—¿Yo? ¡Ni hablar! —protestó Tomás en un suspiro rabioso—. A mí me dijo el párroco que esta mañana los documentos quedarán bajo mi responsabilidad exclusiva. No pienso arriesgar mi salario ni mi aguinaldo por tu falta de previsión.

—Por lo que más quieras, Tomás, que si la boda se arruina no habrá compensación para nadie —suplicó el organizador, agarrando al archivista por el codo—. Dile que los escudos de la pared necesitan una explicación histórica detallada. A las matriarcas les encanta que les hablen de su linaje.

Tomás miró a Doña Blanca, que ya estaba a escasos pasos del candelabro histórico de bronce fundido. El animal, al percatarse de la presencia de la anciana, dio un pequeño salto lateral, enganchando las cuerdas de su collar en la base de la estructura metálica.

_Venga ya..._ —pensó Tomás, sintiendo cómo una ola de pánico psicológico le recorría las vértebras—. _Este tipo es un peligro público, pero si no colaboro en este instante, los dos seremos llevados ante el juez de paz de la comarca. El ego de Doña Blanca ha dominado a esta ciudad durante cuatro décadas, y si descubre que una cabra se está comiendo el protocolo de su familia mientras compartiendo espacio con tumbas centenarias, el escarmiento será monumental. Tengo que aplicar un mínimo de diplomacia o esto termina en tragedia municipal._

—Doña Blanca... —interrumpió Tomás, alzando la voz con una firmeza impostada que hizo eco en las naves subterráneas—. Si es tan amable de mirar hacia el capitel de la izquierda, comprobará que los motivos florales fueron esculpidos para conmemorar el enlace de sus antepasados directos. Un detalle fascinante que muy pocos visitantes tienen la suerte de contemplar.

La anciana se detuvo en seco, elevando el mentón con orgullo patrio.

—¿Ah, sí? —dijo la matriarca, entornando los ojos para fijar la vista en la parte superior de la columna—. Bueno... era de esperar. Mi familia siempre financió las obras de arte más valiosas de este templo.

Mientras Doña Blanca inspeccionaba las tallas de piedra con la luz de la linterna de Tomás, Lucas se deslizó a gatas detrás de las cornisas de la capilla. Sus zapatos de piel crujían sobre el polvo acumulado mientras intentaba quitarle los últimos restos del plano de asientos de la boca de la cabra.

—Suelta eso, pedazo de acémila... —murmuró Lucas en un tono agudísimo, tirando de la esquina del papel con los dedos temblorosos—. Que no es comida, que es el orden de las mesas de los primos de Sevilla...

La cabra, lejos de ceder el trozo de cartulina, dio un tirón seco hacia atrás. El movimiento brusco provocó que sus cuernos golpearan con fuerza la pata de hierro del gran candelabro de tres brazos. La pesada estructura medieval tambaleó durante dos segundos agónicos, generando unos crujidos metálicos que resonaron en todo el recinto subterráneo antes de precipitarse contra el suelo de losas de piedra.

El impacto sonó como un cañonazo en la quietud sagrada de la cripta. Una nube de polvo blanco y restos de cera se levantó en el aire, mientras la cabra, asustada por el estruendo, dejó escapar un balido estruendoso y ensordecedor que rebotó en cada esquina de la arcada:

—¡¡Bääääää!!

Doña Blanca dio un salto sobre sí misma, apoyando las dos manos en el bastón con una agilidad sorprendente para su edad. Se giró hacia la capilla lateral y clavó la vista en la escena surrealista: en medio de la humareda de yeso, la cabra permanecía erguida sobre la base del sarcófago del siglo catorce, masticando el último trozo del plano de asientos de encaje dorado mientras lucía una cinta de seda azul enganchada en la oreja izquierda. A sus pies, entre los restos del candelabro destrozado, Lucas yacía cuerpo a tierra con los brazos extendidos y el rostro cubierto de polvo medieval.

Un silencio sepulcral dominó la estancia durante tres segundos interminables. La tensión en la crypta era tan densa que los latidos de Tomás se oían a varios metros de distancia.

Doña Blanca parpadeó dos veces, ajustándose los anteojos de oro con dedos rígidos, antes de elevar su bastón señalando directamente al animal.

—¿Se puede saber... [dijo la matriarca con una voz que presagiaba la tempestad absoluta] qué hace ese demonio con cuernos masticando el árbol genealógico de mi familia sobre la tumba de mi tatarabuelo?

Lucas levantó la cabeza despacio desde el suelo, escupió una pequeña nube de yeso que le había caído en la boca y esbozó la sonrisa más desesperada de toda su carrera profesional.

—¡Es... es una tradición rústica de purificación espacial, doña Blanca! —improvisó Lucas a grito pelado, poniéndose en pie de un salto mientras sacudía el polvo de su chaqueta con manotazos torpes—. Un homenaje etnológico impecable... ¿a que sí, Tomás?

Palabras de este capítulo

Una palabra cuenta cuando aparece en el texto del capítulo, también en plural o conjugada. Solo cuentan palabras y expresiones, no los temas de gramática ni de cultura.

Vuelven (5)

la costumbre
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 6
la mirada
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 4
el puesto
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 4
el silencio
Vuelve del cap. 1 · Sigue en el cap. 4
el barrio
Vuelve del cap. 2 · Sigue en el cap. 5

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